“A meterla en el hueco”: Pool, ingeniería de la vida cotidiana y otras menudencias.

 El fin de semana pasado fui con mi familia a una caballeriza en las afueras de Caracas. Aparte del ritual de birras, sopa y música folklórica, había allí una mesa de Pool a la que de inmediato se acercaron los hombres del grupo -nunca entenderé la fascinación de los hombres con el Pool-. Para ser sincera, no soy seguidora de los deportes  y, en ese juego, lo único que veo es gente usando un palo para meter una bola en un hueco -Ok, ya entendí la fascinación de los hombres con el Pool-, aunque en esta ocasión particular me llamó la atención algo de lo que hablaban mis familiares mientras jugaban. 

Mi padrino andaba chalequeando a mi hermano, futuro ingeniero mecánico, por no poder meter la bola (casi puedo escucharlos a todos ustedes diciendo “¡upa!”), y le decía: “Tanta ingeniería y tanto cálculo, ¿y no puedes ver para meterla? Ay vale…
En el momento todos nos reímos, pero ahí me di cuenta que el Pool no es sólo darle a la pelota y ver qué pasa. Hay toda una serie de cálculos que se tienen que hacer para lograr el objetivo, y no son cálculos que te enseñan en la academia: integrales, derivadas, funciones, nada de eso aplica. No me malentiendan, admiro a la gente que se quema las pestañas en cada facultad de ingeniería que existe en este país, pero hay cosas que uno no puede aprender de un libro. Ese cálculo al ojo por ciento lo enseña la vida misma, y no sólo estoy hablando del Pool. Parte de la naturaleza del venezolano es resolver, y para eso hace falta malicia, sabiduría de calle, doble sentido, sarcasmo. El saber dónde poner la mira para meter la bola, en todos los sentidos. Esto es lo que yo llamo ingeniería de la vida cotidiana.

Si buscan la definición de la palabra “ingeniería” en un diccionario, o en cualquier portal web de definiciones, verán algo que se repite, que es: aplicar conocimientos para resolver problemas. ¿Quién me dice que no es una obra de ingeniería hacer que todas nuestras pertenencias quepan en una maleta y, más aún, que ésta cierre con todo lo que tiene adentro? ¿o calcular en qué nivel debes poner la llama en la cocina para que no se te queme la comida? ¿o saber exactamente a qué horas puedes tomar el metro sin comprometer tu integridad física, emocional, espiritual? Aplicamos la ingeniería todos los días, en cualquier momento, y el que no la aplica se queda en el aparato, sin importar cuántos títulos tenga. Puedes tener el título más maravilloso de Harvard, pero si no aprecias esos detalles de la vida cotidiana, no estás en nada.

Y en cuanto a eso, hay personas con un máster en ingeniería de la vida cotidiana que no necesitan tener un papel para demostrar cuánto saben o qué experiencias han tenido, lo cual hace que pasen desapercibidas por personas que se hacen llamar “letradas”, pero esa sabiduría acumulada hace que sean tan valiosas como un médico, un ingeniero graduado o un licenciado. Y a esas personas les debemos todo el respeto y la gratitud del mundo, porque nos enseñan lecciones en el día a día que sólo encuentras observando de verdad. Reconociendo al otro. Viendo cómo se las ingenia para salir adelante.

De eso se trata, de ingeniárselas. Volviendo al Pool, no se trata de darle golpes a la bola blanca al azar a ver a qué le pegas. Se trata de trazarte una estrategia, seleccionar las esferas, calcular la fuerza que necesitas sin lápiz ni papel. Y eso, mis amores, se aplica en todos los ámbitos de la vida.

Inciso: otra cosa de la que me di cuenta en esta caballeriza, es que no puedes comerte una bandeja paisa sin que te canten al menos dos chinazos. ¿Cómo se puede decir, de una manera digna, que quieres chorizo y huevo? Pero, eso es tema para una próxima conversación. ¡Al menos la bandeja estaba buena!