La caballerosidad del nuevo siglo

Hace unas horas tuve tremendo rollo con uno de mis amigos en Facebook por el tema de la caballerosidad (si deseas vivir una situación similar puedes hacerlo: sólo debes colocar algún contenido polémico en tu muro y en pocos minutos verás los resultados). Toda esta situación se generó porque una persona publicó un artículo sobre este tema, etiquetando a su esposo, porque éste cumple con muchas de las características. La publicación está en una revista llamada elitedaily.com, y plantea los 9 hábitos de caballerosidad que hacen que una mujer se derrita por ellos:

1. Abrirle la puerta
2. Darle el ultimo pedacito de comida
3. Pasar tiempo con su familia
4. Calarse las películas románticas
5. Mandarle flores
6. Caminar por el lado que da hacia los carros en la calle para protegerla
7. Besar su frente
8. Llenarle el tanque de gasolina
9. Ponerle la chaqueta

Pues, yo pienso que mi esposo cumple con muchas de ellas también, incluyendo el número 6, aunque al principio nunca entendí por qué me hacía caminar en ese lado de la calle, hasta que un día se molestó ya que yo siempre caminaba de ese lado. Y ahí fue cuando entendí; creía que era una obsesión de él pero luego me di cuenta que era caballerosidad. En ese momento comencé a pensar en mi vida en Caracas. Unos cuantos hombres te abrían la puerta, más que todo en el edificio donde vivía porque ya me conocen, otros lo hacían por buenos hábitos ciudadanos, y otros para verte el trasero cuando pasas primero, ¡o todas a la vez! 

¿Qué pasa con la sociedad y el rol de género? Nos hemos entrampado en una discusión sin fin, y la etiqueta, la cultura, nuestros padres, nuestras experiencias previas influyen de manera positiva o negativa en esto llamado “caballerosidad”. Es difícil de definir, difícil de identificar, es poco explorado.  Lo que si hay que tener en cuenta, son los cambios radicales a los cuales estamos expuestos en cada siglo. La caballerosidad cambia cada generación, sólo trata de retroceder 100 años atrás (para facilitarte el trabajo, les recomiendo pedirle prestada al Dr. Emmet Brown la máquina para viajar en el tiempo o simplemente usar su imaginación)… En el año 1915, la caballerosidad era algo estricto, tenía que darse dentro del contexto social, o sino las personas eran excluidas o rechazadas. Las mujeres debían actuar recatadamente, la definición de la feminidad absoluta.

Pero, ¿Qué pasa con el 2015? La feminidad parece ser más una opción que una obligación, ya no es tan necesario cumplir con las estrictas normativas de género. Incluso, en las películas de los años 50 y 60 apreciamos mil y un roles de mujeres hermosísimas, pero totalmente irracionales, que eran los iconos generacionales: Audrey Hepburn, Sofía Loren, entre otras. Para poder protagonizar en pantalla grande había que persistir en la emocionalidad irracional de la mujer. Aún todavía las películas se dividen en más femeninas o masculinas, pero esto es debido al marketing que se despliega en torno a la venta de la película como un objeto de compra para un mercado especifico. De hecho, es una de las razones por las que casi siempre las películas independientes no son fáciles de encasillar dentro de un género u otro. 

Es probable que la nueva caballerosidad es híbrida en este siglo (así como lo es la comida, los carros y todo lo que está hecho en China). El gen de la caballerosidad es opcional para ambos géneros. La homosexualidad es otro tema que entra a formar parte de la liberación femenina y masculina. No sólo el heterosexual es el ser libre, el homosexual también. No te creas, todo este proceso cultural ha cobrado muchas vidas en la lucha por sus derechos, situación que aún continúa en todo el mundo. 

Entonces, para reconciliar ambos aspectos, la caballerosidad es una característica positiva, y seguirá siéndolo, sólo que ahora se ha vuelto un término aplicable a toda la población, no sólo al hombre. Al montarte en el metro, encuentras todos los ejemplos de la misma. 

Es viernes, 5 pm, hora pico. Te montas en la estación Chacaito, llena de gente, estás mamada, quieres llegar a tu casa a comer y ver una peliculita y acostarte a dormir (si tienes más de 30), o te vas de farra a gastarte la quincena en el San Ignacio (menos de 30). Los tacones hincharon tus pies, para verte más alta o elegante, el maquillaje se te ha corrido un poco, cargas con una carpeta gigante con papeles y una bolsa con 3 kilos de leche que conseguiste al salir del trabajo, y tienes que viajar hasta La Hoyada (unos 30 minutos o más) hasta tu casa (en este caso mi casa, estoy vieja), y entras al vagón. No hay donde sentarte, ves chamos jóvenes, tipos, todos bien aplastados en los puestos, y quisieras usar tus  tacones para patearlos fuera del asiento y poder descansar.  En la próxima estación, entra una viejita, una mujer embarazada y una mujer con un niño de 3 años, y uno de los tipos decide darle el puesto a la embarazada, las otras mujeres siguen paradas junto a ti. Cansadas y esperando llegar pronto como tú. Entre tanta gente, un tipo te pasa todo su miembro por tus nalgas -¿a qué mujer no le ha pasado?- y sientes que tu mayor deseo es tener un carro y no ver más nunca el metro.  Llegas al fin a tu casa, dejas colgada tu feminidad en el closet, te quitas los tacones y al fin eres tú”.

Escribo desde mi parte, como mujer, ya que es inevitable desprenderme de mi género. Discúlpenme los caballeros que leyeron el artículo y se sienten mal por ello, ¡No pude ser caballerosa con ustedes! Lo que propongo a futuro es eliminar el término, o volverlo un híbrido para que se adapte a todo, ya que pareciese no ser completamente aplicable al 2015; es mejor cambiarlo por solidaridad, empatía y colaboración, para no entrar en discusiones sin fondo.  

¿Qué opinas tú?