Birdman: La reseña

Hace unos días James Gunn, director de Guardianes de la galaxia, hizo pública una declaración criticando lo que él considera un prejuicio ante las películas de superhéroes por parte de la elite intelectual del séptimo arte. En especial, muchos fans de las adaptaciones de cómics al cine han tomado ofensa sobre Birdman de Alejandro González Iñárritu, algo de lo que no podría estar más equivocado.

Michael Keaton interpreta a Riggan Thomson, un actor en plena decadencia que hace unos 20 años se hizo famoso por interpretar a un superhéroe encapuchado con temática de criatura voladora llamado Birdman, un personaje que sin duda Keaton se siente identificado. Thomson, el cine parece exclusivamente dominado por superhéroes, desea crear algo que sea su redención artística: escribir, dirigir y protagonizar una obra de teatro de Broadway basado en un cuento corto de Raymond Carver, un autor estadounidense del molde de Bukowski. Mientras intenta reinventarse, Riggan no deja de ser acosado por el espectro de su rol más icónico.

Keaton además es acompañado de un elenco memorable que incluye a Edward Norton como un maniático y problemático actor en busca de lo verdadero en las tablas, Emma Stone como la hija de Riggan que intenta rehacer su vida luego de un pasado con drogas y Zach Galifianakis como el abogado, productor y amigo de Riggan que intenta mantener el sueño a flote. Ellos, entre otros, darán vida al complejo universo que ocurre detrás bambalinas y donde cualquier error puede significar el final de una carrera. 

Para dar ejemplo de lo interconectado de este organismo, González Iñárritu filmó de tal manera de que se diera la ilusión de una toma ininterrumpida a lo largo de la película dando una especie de orden a este caos o, más apropiadamente, método a la locura. Ya que, al fin y al cabo, Birdman tiene como eje central la locura que significa la creación artística y en particular la búsqueda de sinceridad dentro del arte. A lo largo de la cinta, Riggan Thomson busca desprenderse de Birdman, el héroe, el mito, la cruz que debe cargar por el hecho de que no es arte. Es entretenimiento. Y hace a Riggan sentirse no como un artista pero una celebridad. Una figura vacía que es adorado de costa a costa. En cambio, el mundo del arte tampoco es plasmado mucho mejor que el del entretenimiento: pequeñas producciones pretenciosas y autoindulgentes que sólo sirven para ganarse el aprecio de un público arrogante e indiferente que, por alguna razón, se le ha dado el derecho de decidir que es o no es satisfactorio intelectualmente.

Al final no es arte o espectáculo lo que importa, sino sinceridad. Algo que para Riggan Thomson puede hallarse en un punto intermedio de ambos polos. Un sitio frente a la audiencia lleno de completa franqueza donde puede desangrar su cuerpo para liberar su alma. Birdman, menos que denunciar las superproducciones llenas de héroes y efectos especiales o celebrar el mundo del teatro de Manhattan, es una reflexión íntima del significado de un aplauso para un artista.


Esperemos, entonces, que su premiación vaticine una nueva tendencia en Hollywood. Una tregua entre lo comercial y lo independiente.