Francisco Massiani: El documental

Sólo en contadas excepciones, el género documental no es uno que se gane el corazón de los venezolanos y Francisco Massiani no es una película que marcará la diferencia para gran parte de la audiencia, pero al menos logra vislumbrar de manera sincera un hombre y entrever un fenómeno literario y cultural en Venezuela que hace falta ser rescatado.

Para aquellos que desconozcan la figura y el legado de Massiani los primeros 20 minutos, en donde se ve a un Massiani acostado en su cama divagando de todo un poco, le resultarán tortuosos mientras que aquellos que si estén familiarizados con el escritor de Piedra de mar sentirán que no honda suficiente para crear un perfil satisfactorio. Esta falta de forma será el principal problema de Manuel Guzmán Kizer, realizador del documental y pariente de Massiani. No obstante, pequeños hilos narrativos permitirán mayor coherencia y entendimiento a lo largo de la película como un recorrido por Sabana Grande donde encuentran una librería que inspiró una escena de Piedra de mar o una visita a la casa donde Massiani vivió con su mujer en Macuto.

Es el encanto y fascinación natural que irradia Francisco Massiani lo que le da alma a la cinta, algo que no se pudo haber logrado con cualquier otra persona. Con su ingenio un poco nublado pero todavía brillante y su aire de abuelo romántico e irreverente que es igual partes de pícaro poeta y filósofo popular y del cual no se sabe si sale con una reflexión o una mentada de madre. Pero también es un reflejo de lo que representa Massiani y los intelectuales venezolanos de su generación: nacidos en una Venezuela somnolienta bajo una u otra dictadura militar, nutridos desde Francia con ideas visionarias y revolucionarias que los hicieron desencajar con su época y que por azares de la vida no llegaron a ser tan reconocidos como Cortázar o Carlos Fuentes, a pesar de tener una calidad igual o mayor que ellos.

Esa imagen cándida que logra darle rostro y voz para la posteridad de un escritor venezolano es de suma importancia en un país que suele mitificar a sus artistas, pero a veces tal honestidad se siente incómoda. En especial, cuando la cámara se enfoca en los familiares y las personas que rodean a Massiani. El hecho de que omite, más no deja de aludirse, a Manuel Guzmán Kizer es también una falta ya que en primer lugar deja un vacío muy notable en el entorno de Massiani y en segundo lugar, al comprender al documentalista y su relación con su tema, en vez de tratar de ocultarse detrás de un manto de subjetividad, es comprender el peso emocional que conlleva hacer Francisco Massiani.

Lo que sí es verdad es que una nueva generación de lectores venezolanos sedientos de un legado más allá de la sacrosanta trinidad de Gallegos, Otero y Uslar Pietri descubren a Massiani, a González León y muchos otros todos los días. Con  mucha suerte, la obra de Guzmán Kizer servirá para promover un escritor venezolano merecedor de mayor reconocimiento. Si no, quedará para la posteridad una visión muy personal y humana de un hombre insigne de su lugar y tiempo en la vida. Algo que quizás hizo falta para rescatar a los Rómulos Gallegos de la historia en quedarse como nombres muertos para bautizar liceos y calles secundarias de las ciudades.