Reflexiones sobre el final de Mad Men

Vivimos en lo que algunos llaman la Era Dorada de la Serie Dramática. Mientras el cine hace lo que puede para atraer mayores audiencias con el asombro de los efectos especiales, la televisión –así como su equivalente virtual- es donde realizadores y artistas han encontrado refugio para tocar historias complejas y adultas. Pero, mientras algunos prefieren la intriga aristócrata y otros la lucha por la supervivencia al margen de la sociedad, Mad Men siempre ha sido una serie diferente. Y en esta serie, Don Draper sí trafica con algo: tus deseos.

Situándose en torno al mundo de la publicidad en Manhattan alrededor de los años 60, Mad Men trata sobre pioneros y la promesa que ellos cargan. Esto se evidencia en la vida de Don Draper, quien nació en un granja con un padre borracho y una madre prostituta, fue a la Guerra de Corea y ahora trabaja en un rascacielos donde su equipo tiene la única misión de mantener vivo el deseo de querer más: mejores automóviles y casas más grandes, esposas más bellas e hijos más obedientes, o como dice el fundador de los Hoteles Hilton en la tercera temporada: querer la Luna.

Pero luego de llegar al apogeo, ¿qué queda? Aunque muchos fueron atraídos al glamour de su época, Mad Men es en esencia un trabajo existencialista sobre la maldición del éxito y el privilegio. Todos los personajes importantes o han luchado por su éxito al punto de sacrificar su propia humanidad, o han nacido dentro del propio éxito y se sienten desorientados en una época que cada vez cambia más y más. Ya que otro elemento de Mad Men fundamental es el cambio: los vaqueros, hombres rudos y anónimos que construyeron Estados Unidos, dejaron de ser los pioneros para ser reemplazados por los astronautas, quienes a través de la tecnología y el trabajo en equipo logran visitar lugares más allá de nuestra comprensión.

Asimismo, es en esta sociedad donde los publicistas no quieren hacer anuncios dirigidos a personas de raza negra, donde el esposo siempre tiene la última palabra ante todo, donde la mujer tiene que soportar indecibles abusos para guardar las apariencias, y donde los niños ven y viven la represión por parte de la normalidad y la ignorancia adrede de los horrores del mundo, lo cual nos hace entender el porqué de su decadencia y, de cierta forma, entender un poco más nuestros errores actuales.

A pocos capítulos de que los empleados de Sterling Cooper Draper Pryce terminen su recorrido y quede para nosotros especular sobre qué ocurre después de que la pantalla se funda en negro, sólo queda preguntarse sobre el futuro. No el futuro donde Mad Men es consagrada junto a Breaking Bad o Los Sopranos como un clásico de nuestro tiempo, sino el futuro de nosotros como sociedad: ¿Cuántos horrores e injusticias que dejamos pasar todos los días -o incluso aceptamos-, serán difíciles de explicar e imposibles de justificar a las generaciones que vendrán después de nosotros?