El Nobel de Alexiévich es el Nobel de los comunicadores sociales


Como comunicador social, me contenta por muchas razones ver que alguien como Svetlana Aléksievich ganara el Premio Nobel de Literatura. Por si hay duda, la razón principal es esta: porque la sociedad en general considera la escritura periodística como algo que no posee importancia alguna más allá de lo que debe hacer conocer. Esto es muy peligroso, ya que refuerza la idea de que el periodismo no es más que llenar un cuestionario de datos, para luego organizarlo todo con dijimos.

Gabriel García Márquez ejerció el periodismo. También lo hizo Kipling y, sin duda, Archipiélago Gulag de Aleksandr Solzhenitsyn se debería contar como tal, pero muchos de estos grandes escritores tuvieron al periodismo como algo segundario, algo realizado ya sea por necesidad, pasatiempo o mera responsabilidad ante la gente. En el caso de Gabriel García Márquez, por todo gran reportero que fue, sin duda fue galardonado por el regalo que fueron sus novelas y cuentos cortos al castellano, pero nadie jamás ha sido premiado por ser un mero periodista.

Y ese prejuicio se entiende hasta cierto punto. No es mentira que muchos alguna vez han redactado un reportaje en piloto automático y que una gran parte de la escritura periodística posee caducidad por su propia naturaleza, teniendo muchas veces una efímera relevancia. Pero es el indagar, el entender lo que ocurre bajo la superficie de lo que se considera mundano, darle cara humana a las realidades que enfrenta la sociedad, hacer clara la interconectividad de la causa y efecto de sucesos que de otra forma nuca veríamos. He allí lo que se pudiera definir como el arte de la comunicación social. Y este arte es fundamental para la humanidad.

La historia no la hacen un puñado de académicos redactando libros escolares de la Editorial Santillana, la historia se hace con las acciones de todos los individuos que conforman la sociedad y la labor del periodismo es inmortalizar estas acciones para que no se transfiguren, o peor, se olviden con el inclemente paso del tiempo. El Nobel de la señora Aléksievich es el Nobel de los cronistas, el Nobel de aquellos dedicados a inmortalizar la vida que los rodea y procurar hacer que lo que estos individuos sintieron, lo que conocieron, lo que vivieron pueda vivir mucho más que la acción, a perpetuidad.


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